Como te lo cuento:: Autobiografía: DEL AMOR Y OTROS ANIMALES

Wednesday, June 06, 2007

Autobiografía: DEL AMOR Y OTROS ANIMALES


“El mundo cambia
si dos se miran y se reconocen.
Amar es desnudarse de los nombres”

Octavio Paz


Le ocurrió ayer, o el otro día. Todavía no lo echa de menos porque lo sigue teniendo pegadito detrás de los párpados, plegado en cuatro como esos pañuelos antiguos que uno se encuentra en la calle con la inicial del abuelo de alguien bordada en la esquina. Podría abrirlo con el dentro de los ojos en cualquier parte, pero le gusta hacerlo sólo cuando también ella puede tumbarse en el suelo y engullirse entera con brazos y pies, buscándose como si la estuvieran esperando al otro lado de sus rodillas. No teme que la descubran, porque sabe que nadie puede darle nombre a lo que ella ve. Y sin palabras, no hay.


Le ocurrirá mañana, o el otro día. Subirá saltando 1, 13, 534 escaleras. Se colocará el cuello de la camisa en el rellano. Le abrirán la puerta; y entrará, abandonando su montaña de peldaños apenas conquistada. Se extrañará de que le suden las manos...Y recordará de pronto que ella nunca lleva camisa, ni el miedo se le licua entre los dedos y se verá de nuevo en la calle, con algo que escribió un día sujeto muy fuerte en una carpeta que acuna en los brazos. Esta vez sí: se encontrará con él casi en el portal, casi chocándose, besándole casi en donde un beso amistoso pierde el adjetivo. De nuevo cuestión de palabras. Antes de subir juntos 1, 13, 534 escaleras, ya sabe que él se fijará en el trozo de piel que asoma entre la media y el final del vestido, y que no lo llamará “muslo”, porque será uno de esos momentos en que se no acierta a darle nombre al pecado.


Le ocurrió ayer, o el otro día. La condujo a un cuarto hecho de paredes sobre las que había papel, sobre el que había cinta aislante, sobre la que había chinchetas de las que colgaban fragmentos de vida en forma de poemas. ¿Acaso puede la vida colgar de otra manera?. Dejaron entonces de importar los trozos de cuerpo, el colchón del suelo, el té indio, la luz colándose por donde luego se colarían dedos. Cerraron la puerta y abrieron rasgando textos muertos de hambre, rodeados de palabras que hicieron suyas. Porque si algo es innegable, es que esa tarde les pertenecieron.


Le ocurrirá mañana, o el otro día. Abrirá mucho los ojos para fijar bien en su mente de niña, para ganarle al tiempo. Escuchará creyendo que dice y hablará sobre todo cuando calle. Y se disfrazará por dentro sentada en ese lugar donde el interior de los libros cubre los muros y el alma, y ya no se hará preguntas. Será una tarde de sábado, la primera en su vida en la que sabrá que sabe. Y quizá sea mentira, los demás días pero no ese. Se alojará en el instante en el que todo es cierto (1, 13, 534 segundos antes de hacer el amor), para, desde allí, desplegar los versos.


Me está ocurriendo hoy, ahora, el otro día. Lo noto en esa parte del dedo que no merece llamarse “pulpejo”, porque ha nacido para acariciar, escribiendo: “Un poema no se termina, se abandona”. Lo siento en las marcas que la ropa ha dejado en la piel antes de caer al suelo, y me reconozco en esa desnudez dada por él. Pero cuando de veras lo encuentro es detrás de los ojos, que mantuve muy cerrados para verlo bien. Ahí está, abrazando el otro lado de las pestañas, llegándome despacito como me llegó la voz de Cortazar aquel sábado convertido quién sabe cómo en domingo, aquella tarde que murió siendo mañana.

1 Comments:

Blogger aletea said...

Andre. Entre medias de las tormetas me leo tus textos y me sale el sol. O se van las nubes. Qué gustazo. Escribe más porque últimamente me está lloviendo más de la cuenta!

4:21 AM  

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