Como te lo cuento:

Thursday, October 22, 2009

BACK TO THE START

Cuando acerco mis labios a esa música incierta.
VICENTE ALEIXANDRE


El cuarto es una madriguera mojada. Su cama le recuerda a un montón de basura o de gatos muertos. La vuelta del bar siempre tiene para Jacobo algo de coito fallido, y al desnudarse se observa el pene como si se tratara de un grifo mal cerrado a punto de aullar un himno de ronca derrota. Se toca el pecho anémico; se toca la cicatriz en la barbilla; se toca los labios de niña pija, su linda boca de nena buena. Las engaña a todas, con su cuerpo de elfo adolescente. Le gusta parecer una gallina empapada y marica: así de flaco, así de blanco, con esas cejas de novicia en perpetuo viaje de estudios.
Alarga una mano transparente llena de hilos azulados y manipula el aparato hasta que los altavoces escupen miles de gotitas de Coldplay que le cubren el rostro de escarcha y le invitan a sacudírsela o a romper algo bonito.
La música hace surcos en el suelo. Una sed vampírica le pega la lengua a una moqueta de dentista situada donde debería tener el paladar. A través de los cristales la luna le mire directamente a los ojos con cara de perra en celo, y siente el nauseoso impulso de saltar por el balcón y buscar algo que traerse cerca de esa melodía oscura y caliente.
Ha debido hacerlo, y ahora está corriendo por la acera surcada de cacas imprecisas. Ve a una chica caminando rápido, porque es de noche, está sola y podría haber gente descolgándose por las ventanas con el único propósito de liberarla de su gomoso vestido.
Te lo compraste para que te lo quitaran – la asalta a escupitajos.
Ella no entiende, pero Jacobo sonríe con su boca de animal inocente, con su hilera de diminutos cuchillos blancos y olisquea mientras se da cuenta de que está borracha, y de que va a ser muy fácil hundirle las zarpas a ese tejido rosáceo que la envuelve como a una nube de algodón dulce. Ella le clava sus ojos ictéricos; quizá incluso contesta alguna cosa, pero Jacobo ya está enganchando sus lenguas agrietadas mientras la distancia desgaja una canción que cree haber oído antes esa noche. Las fauces de la chica se abren descubriendo un desfiladero negro y el estribillo se convierte en un viento que le silba en los oídos y le provoca una arcada vertiginosa. Ella se separa bizqueando agradecida, y la luz blanca le ilumina unas mejillas sembradas de polvo amarillento. Jacobo se acerca, estrábico, y comprende que es una capa de acné con pinta de avispero justo cuando un extraño efecto calidoscópico proveniente de la música hace a las espinillas girar en el aire y adquirir colores eléctricos.
¡Guau! – exclama admirado. Valora la posibilidad de convencer a la granujienta muchacha para que trepe a través de la ventana abierta, pero tras una tosca exploración de su culo galáctico abandona la idea.
La empuja hacia el portal mientras ella le chupa el cuello con inquietante insistencia. Le mete una mano por dentro del jersey y desciende, pero se encuentra perdido entre el vestido y las medias, o entre éstas y las bragas, y de pronto el terreno conocido se le antoja inconquistable, y no comprende si es porque la pringosa bola de algodón rosado lleva una faja o si es que al descansillo no tiene acceso el abrigo acústico que lo abrazaba fuera. Le invade el pánico y una soledad implacable hecha de somníferos y morfina le aprieta los genitales.
Aparta dulcemente unos tentáculos extraterrestres que le sobrevuelan la bragueta con impaciencia de insecto. Avanza renqueando hacia su puerta, no del todo seguro de poder levantarse si cae accidentalmente. Alguien perplejo a su espalda le pregunta adónde va, y se adivina una mano inútil intentando detenerlo en su huida inexorable.
Jacobo, francamente, no tiene la menor idea de quién puede ser.
Al entrar en casa se deja caer sobre la puerta como si fuera para siempre, y abre las fosas nasales hasta aspirar una música inmensa que llega de otro mundo. Espera a que el corazón deje de latirle en los oídos, y sólo entonces aprieta el botón.
Todo vuelve a estar como al principio, en silencio.

Wednesday, August 26, 2009

LA PREGUNTA - Una historia verdadera-

De ella recuerdo sobre todo los domingos, cuando se arreglaba para misa y parecía que era el moño el que se había puesto una abuela debajo. Era tan ancha como el banco donde se sentaba a mirar el sol, con un pañuelo azul metido entre los pechos de sandía. A mí y al Tano nos gustaban sobre todo sus lóbulos de las orejas, enormes y rasgados por los años de cargar pendientones inútiles en aquel pueblo de Ávila donde la habían llevado a casar de moza.

Desde pequeño me sacaba a echar la siesta al patio de atrás, para darme dinero a escondidas de papá. Los últimos días que pasamos íbamos casi a diario, como si supiese que estaba por darle el “arrechucho” del que llevaba toda la vida hablando. Me escurría las monedas en la mano una a una, mientras me contaba del abuelo, que se largó hace tanto con el padre de Tano. Subieron a los montes juntos y no bajaron más. Nunca terminé de entender la historia, pero no preguntaba porque a ella se le ponían los ojos igual que en la Noche de San Juan, cuando encendemos las hogueras y el aire se llena de trocitos de fuego y carbón.

En verano nos mandaba a la tienda de Doña Angelines a por los huevos y el pan, y luego me hacía leerle las noticias de La Gaceta una a una. Las esquelas lo primero, recién desayunada, para que le sentaran mejor los bizcochos y la leche con azúcar. Lo internacional después, muy despacio y repitiendo, porque continuamente se le olvidaban los nombres de los presidentes y de los países, y había que explicarle las mismas guerras todos los días, como si fueran nuevas. Su favorita era la sección de sucesos, con mujeres degolladas por exquisitas Katanas japonesas o bebés encontrados en bolsas de basura junto a notas llenas de faltas de ortografía, que a ella se le antojaban de un romanticismo crepuscular que le hacía sonrojarse.

Sólo me arrancó el periódico el día de la boda esa que armó tanto revuelo. Por lo visto, que fuéramos el primer país en autorizar aquello no le hizo ninguna gracia. Le temblaban tanto las manos que me asusté un poco, pero en seguida se metió dentro de casa y no quiso que le leyera más.

El último día del verano fue el último día de todos, pero ni ella ni yo lo sabíamos. Papá estaba ya cargando el coche para volvernos a Madrid y Tano se había adelantado silbando. La abuela lo contempló durante un momento enorme, y luego se sacó del pañuelo azul un billete de los grandes, de los que guardaba en el bote del armario de la cocina y sólo abría en los entierros. Lo sostuvo despacito delante de mi cara, y se inclinó un poco para preguntármelo mejor: “ Y tú, Juan…. ¿no serás también un gay de esos, verdad?”.

Thursday, June 25, 2009

MI RETRATO

Thursday, June 11, 2009

EN MANHATTAN


Quizá ocurrió porque la limusina ya estaba en la puerta del hotel cuando llegamos. Sé que la vimos desde la esquina, los dos. Tú incluso paraste de llorar unos segundos exclusivamente para mirarla. Era parte del premio, junto con el viaje a Nueva York, el hotel y un cuarto de esos en que las toallas te las dejan dobladas con formas, casi siempre de ensaimada o de flor. Yo sólo quería llegar y abrir una de las ginebras del mini-bar hasta descubrir cuantas hacía falta beberse para dejar de oír tus gritos explicándome que eso, en cambio, no estaba incluido en el precio. ¿Quieres saber lo que pensaba entonces? Que era un alivio comprobar que al menos a uno de los dos le seguía mereciendo la pena gritar por algo. Me hubiera parecido un detalle por tu parte que me aclararas de vez en cuando por qué estabas enloqueciendo esta vez, ya que empezaba a confundir los motivos que te habían hecho dejarme en el Sena con los que te movían en las pirámides o las cataratas de Iguazú. Lo único que deseaba susurrarte al oído era: darling, no recuerdo cuándo dejé de escucharte. Nos habíamos peleado en todos los lugares que destacaba nuestra guía Lonely Planet: fingiste que te desmayabas del disgusto en el MOMA, me clavaste un tacón en el pie derecho antes de atravesar corriendo el puente de Brooklyn, tiraste el perrito caliente al mar desde el ferry que iba a Ellis Island y me abofeteaste en todos los restaurantes de Little Italy. Hiciste las maletas y separaste cuidadosamente la ropa de cada uno mientras repetías que no era posible, realmente no era posible que yo hubiera estropeado todo de aquella manera, otra vez. Después te enfadaste contigo misma al darte cuenta de que habías doblado mi ropa interior y plegado las camisas. Admitamos que nunca supiste mandar nada la mierda, ni siquiera mis calzoncillos.

Diste un portazo y bajaste al hall. Te seguí tranquilo, insoportablemente despacio, dirías luego, sabiendo que estarías allí esperando a que yo llamara al taxi, te metiera dentro y te obligara a dejarme.

En lugar de hacerlo me acerqué a las máquinas alineadas como pasos de cebra. Negras, blancas, negras. Eran las casi las ocho. Recuerdo que pensé entonces que hay algo extraño en ese gusto que tiene la noche en Manhattan por vestirse de limusina. De pequeño creí que los grandes mafiosos vivían dentro de ellas y sólo salían al caer el sol para elegir a qué esquina de Brooklyn pensaban tatuarle otro cuerpo de tiza en el suelo.
Dan mucho trabajo, las limusinas. Hay que sacarles brillo, hincharles las ruedas cada día, ponerles un chofer negro al volante. Hay que llenarlas de whisky on the rocks a las limusinas. Y sobre todo, para que sean de verdad, hay que extenderles una gran alfombra bajo las ruedas, llena de ojos de cocodrilos que nadan entre sus vísceras de orín, y llamarla dulcemente Nueva York.

Te empujé dentro e intentaste resistirte sólo a medias. Ordené claramente al conductor, consciente de tu mal inglés y mis muchas ganas, que condujera durante dos horas en cualquier dirección. Esperé un rato hasta que se te olvidó que tenías que dejarme claro cada minuto lo enfadada que estabas y empezaste por fin a mirar la playa de neón y vidrio que desde fuera te convencía sin descanso de que compraras más, adelgazaras más, follaras más y desearas exactamente lo que no tenías. Serví algo que encontré en el bar que nos separaba del chófer y te levanté la falda. No te volviste. La desabroché entera y empecé con la camisa mientras veía tus pupilas llenarse con todo el rojo de nuestro último atardecer en Manhattan.

Sunday, May 17, 2009

MÁS QUE MIL PALABRAS

BERLÍN (Marzo-09)

Saturday, May 09, 2009

NORA (parte II).

“Schopenhauer escribió en alguna parte que uno se acuerda de su vida un poco más que de una novela que haya leído. Sí, es eso: solamente un poco más”. Plataforma (Houellebecq).

En aquella época ya hablaba bastante de su familia. Al principio temí que perteneciera a esa clase de hijos que llaman a sus progenitores por sus nombres completos. Todos hemos visto bebés de guardería berreando por “Rosalía y Curro” o “Lorenzo y Gertrudis”. Todavía mejores son aquellas en las que los orgullosos padres han recibido los nombres de alguna pareja famosa. Entonces surgen los “Fred y Ginger, quiero más chocolate” o “Isabel, dile a Fernando que me baje al parque”. Pero me equivoqué. Los seres humanos como Nora, que apenas comprenden la diferencia entre una minifalda y un cinturón, y mucho menos cuál de los dos no deben ponerse por debajo de los sobacos para ir a una reunión con su jefa, provienen de un estatus superior. Aquel en el que Papá y Mamá se llaman así el uno al otro.
Entre ellos.
En público.
Papá y Mamá tenían una empresa de comida deshidratada en Extremadura. Se dedicaban, en palabras de su propia hija, “a quitarle el agua un poco a todo”. Desde kiwis a castañas. Eran invencibles. Su alimento estrella era la cebolla seca, que por lo visto se vendía en más de 3000 establecimientos españoles y extranjeros, y que podía cuadriplicar su tamaño al entrar en contacto con cualquier líquido. Al decir esto los ojos dorados de Nora se abrían como si fuesen la citada hortaliza en pleno proceso de expansión y se clavaban en mí esperando obtener alguna onomatopeya admirativa. A mi largo suspiro seguía una inevitable enumeración de productos concentrados, donde se notaba que los prefijos estaban entre sus accidentes gramaticales favoritos: “ Fabricaban alimentos supernutritivos, multivitamínicos e hipercalóricos, ¿sabes?”. El momento en el que sus escasos conocimientos de química le permitieron concluir que aquella especie de “comida para astronautas” podía tener propiedades excitantes sobre el SNC y, por lo tanto, era susceptible de venderse a escondidas a menores en la esquina del patio del colegio donde iban los de los últimos cursos a besarse con lengua nunca me fue revelado. El tráfico duró exactamente lo que tardó un chico de 1º de BUP apodado Piña, con aparato corrector en los dientes y el nombre de su banda de hip hop preferida tatuada en el hombro, en sufrir su primera convulsión. El hecho de que fuera durante un botellón en el campo de baloncesto un viernes por la noche y el diagnóstico de epilepsia que recibió al ser estudiado por un neurólogo 2 años y 4 ataques más tarde no pareció convencer a los directores de colegio privado en el que Papa y Mamá habían depositado su confianza. Nora fue expulsada inmediatamente, aunque no lo bastante rápido para evitar una última “venta al por mayor” en la que recolectó suficiente dinero para su siguiente inversión. “Los caballos” – me explicaba sentada a horcajadas sobre el váter – “son animales con alta carga energética, capaces de expresar pensamientos complejos y de gestionar su cariño”. Yo de todo aquello no entendía nada, pero Nora podía resultar muy convincente en sus discursos dentro del aseo de caballeros, especialmente si acompañaba sus palabras con movimientos de la escobilla arriba y abajo. Lo que me quedó claro es que repetir curso no le había importado lo más mínimo y que había pasado los meses que faltaban para el siguiente septiembre en un campamento en Ecuador donde se “fortalecía activamente la relación ancestral entre el niño autista y su compañero el caballo”. “Equinoterapia”, lo llamaba. El grupo de terapeutas estaba formado, básicamente, por adictos a diferentes sectas en proceso de extinción: ex guerrilleros bolivianos, ex hippies buscando un nuevo Woodstock , ex alcohólicos reformados y mucho caballo suelto. Niños autistas que justificaran todo aquel tinglado, desafortunadamente, sólo habían encontrado dos. Nora resultó ser una pedagoga excepcional. No me extrañó mucho, pues los seres humanos con problemas de comunicación a menudo desarrollan habilidades especiales en terrenos insospechados, como la música, las matemáticas o la pintura con los dedos de los pies. Y si Nora encajaba en alguna definición, era sin duda en la de “terreno insospechado”. Pasó allí más de 6 meses, guiada (espiritual y físicamente, según me contó con pelos y señales) por un gurú de 73 años al que se le había ido la mano fumando porros en Varanassi y “recopilando un gran número de experiencias personales que le servirían para fraguarse un futuro como escritora” (en sus propias palabras). Sus charlas apasionadas y postcoitales en los baños de la sexta siempre acababa con conclusiones semejantes en el ámbito literario. Nora consideraba su puesto en la editorial como algo natural e inevitable, en vez de una mezcla de milagro y malentendido, como nos parecía a todos los que la conocíamos. Estaba segura de que su destino era escribir, simple y llanamente.

¿Y eso por qué?– pregunté una vez.
¿Y qué otra cosa puede hacer una con lo que ha vivido… sino reescribirlo? – contestaba ella subiéndose de nuevo las bragas.

Thursday, April 09, 2009

PRÓXIMA PARADA

…y es que sin duda hay algo en ella que recuerda a los trenes, con sus asientos de cine barato y sus revistas viejas tiradas por el suelo cientos de miles de veces pisadas por hombres que casi nunca pasan de ser amantes mediocres o lúgubres cocineros de programas de mediodía, por adolescentes que no conocen los caminos de su piel ni por qué cuando el tren arranca parece que el suelo va hacía atrás llevándose las nubes o por otras mujeres más feas, más tristes, pero al menos suficientemente distintas para hacer soportable el viaje con su incesante parloteo de eternas abandonadas y transformar la idea de volar a 140 km por hora sobre los pises vomitados por los baños de cada vagón en una verdad inquietante, curiosa, indudablemente digna de esos instantes invernales que nos atrapan por sorpresa y sobre las vías en medio del páramo... cuando viajamos sin la certeza de una próxima estación.